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Plaza Cívica
Si el gran Octavio Paz afirmó que “todo es presencia, todos los siglos son de este
presente”, el sexenio lopezobradorista se encargará aún más de que así sea, pero con
una torcedura. La constante presencia que habrá de la historia nacional no obedecerá
a una lógica seria de ampliación del debate público, el impulso a una mayor
investigación académica o la promoción de una unidad nacional mínima, sino tendrá
una lógica personal de utilización simbólica, explotación con fines de popularidad y
obtención de beneficios electorales. Si lo anterior ya resultaba evidente, el reciente
escándalo en torno a la Conquista lo dejó más claro aún.
 
La democracia nunca se apropia de la historia y la utiliza como instrumento político
porque su esencia es la pluralidad, la complejidad, el debate. Sin embargo, los
regímenes totalitarios y autoritarios, así como los movimientos populistas, se
apropian de ella y la utilizan como instrumento político de diversas maneras y
distintos grados. En el caso específico del fenómeno populista, la utilización de la
historia va de la mano con sus particularidades de homogeneizar (“el pueblo” siempre
es uno), súper-polarizar (el pueblo contra las élites) e identificar al líder con el pueblo.
De esta idiosincrasia nace la “Cuarta Transformación”, a través de la cual el presidente
se ostenta como heredero histórico en línea directa de los héroes y los tres grandes
acontecimientos nacionales en los cuales el pueblo bueno derrotó a las élites malas.
 
Lo anterior no ha causado mayor revuelo porque resulta difícil apreciar el significado
de esa apropiación y los sucesos históricos utilizados gozan de un importante
consenso respecto de la virtud de sus desenlaces. Sin embargo, recientemente el
presidente tomó postura sobre un tema histórico que resulta mucho más sensible y,
por lo tanto, controversial: la Conquista.
 
La Conquista representa la semilla de gestación del pueblo mexicano. Mientras que
otras naciones son en parte producto de la unión de comunidades con importantes
afinidades étnico-culturales, los mexicanos somos producto de una de las historias
más fascinantes, y terribles, de la historia de la humanidad: el encuentro de dos
mundos, el choque de civilizaciones, la imposición cultural. A casi 500 años de
ocurridos los sucesos, una solicitud de disculpa bajo ciertos criterios resulta en
principio válida, aunque el manejo que se le dio al asunto, y el consiguiente tufo de
persecución de fines políticos, hicieron de un proyecto noble un completo caos.
 
Primeramente, resultó un acierto que el presidente, como Jefe de Estado mexicano,
pidiese perdón para los pueblos indígenas y no para un país que en su mayoría es
mestizo. Sin embargo, resultó un serio desacierto no consultarlo con los pueblos
indígenas. Correcto que la idea se haya propuesto en secrecía para que fuese evaluada
y en un contexto de aniversario de medio milenio. Sin embargo, resultó muy
sospechosa la posterior revelación de la carta enviada, lo que en los hechos
representó un golpe bajo de México a España en un contexto hispano de elecciones
nacionales, el surgimiento de la extrema-derecha y la separación de Cataluña. Peor
aún, el presidente posteriormente subió un video donde Beatriz Gutiérrez hace un
recuento de los agravios ocurridos durante la Conquista, entre los que menciona la
Noche Triste, ante lo cual el presidente la interrumpe y le dice “o Noche Alegre”. Todo
esto resulta sospechoso ante las conocidas desavenencias entre el EZLN y el Consejo
Nacional Indígena por una parte, y el presidente por la otra. Por lo pronto, Marichuy,
vocera de dicho consejo, lo llamó “simulación”.
 
El presidente no fue serio ni institucional, su manejo de la situación fue obscena y
utilizó un capítulo particularmente sensible de la historia nacional con fines políticos
meramente personales. Aunque lo mismo podríamos decir de muchas otras de sus
políticas públicas. Hoy, parece ser, simplemente le tocó a nuestra historia.
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