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Plaza Cívica
Resulta preocupante la ola morenista en el país, y más aún cuando continua creciendo.
Preocupa no solo su tamaño, sino su agua turbulenta, la energía que posee y la
debilidad de las defensas. El movimiento morenista no tiene frente a sí a una
oposición partidista con ideas y vitalidad, lo que está provocando que nuestra
democracia se encuentra cada día más coja. Y prueba de lo anterior son dos recientes
sucesos que involucran a dos liderazgos de la oposición partidista del país.
 
Los partidos políticos de oposición parecen no entender que están compitiendo contra
un fenómeno de movilización política inédito en la historia reciente del país. Andrés
Manuel López Obrador no es Cuauhtémoc Cárdenas porque el primero es un líder
carismático y con lengua, mientras que el segundo es un ingeniero con mesura. El
Movimiento de Regeneración Nacional (MORENA) no es el Partido de la Revolución
Democrática (PRD) de antaño porque el primero es efectivamente un movimiento que
está dispuesto a devorar todo, y el segundo es (¿era?) un partido político con una
ideología coherente de izquierda. La década actual no es la década de los ochentas
porque hoy en día todos los partidos de oposición se encuentran desgastados,
mientras que anteriormente ese deterioro era inexistente. El día de hoy el
movimiento/partido que canaliza gran parte del descontento es MORENA, mientras
que anteriormente eran diversos movimientos y partidos los que lo hacían. Y si antes
el “espíritu de los tiempos” en México y el mundo era la lucha por la democracia, la
supremacía de la economía sobre la política y la preponderancia de la globalización
sobre la nación, hoy ese espíritu se ha debilitado fuertemente y en parte ha sido
reemplazado por la lucha popular, el regreso de la política y la recuperación de la
nación. AMLO acaba de decretar el fin del neoliberalismo. Tómenlo en serio.
 
Podremos estar de acuerdo o no en los cambios y sin duda hay diversos claroscuros
en tanta palabra sustanciosa, pero lo seguro es que en el país y el mundo la narrativa
 
política ha cambiado, y resulta imprescindible insertarse en ella para domarla y
encauzarla en la medida de lo posible. Político y partido político que no lo entiendan,
político y partido político que no tienen futuro. RIP.
 
El contraste entre lo que sucede actualmente y el liderazgo del Partido Revolucionario
Institucional (PRI) es simplemente enorme. Recientemente la dirigente del partido,
Claudia Ruiz, fue sorprendida tomando un tour por Granada con su tío, el ex-
presidente Carlos Salinas de Gortari. Acto seguido subió una foto a su cuenta de
Twitter con el hermoso edificio de la Universidad de Granada, en la que dice: “Muy
orgullosa de haber defendido mi tesis doctoral sobre Derechos Humanos ante la
Comisión Evaluadora de la Universidad de Granada, gracias a la cual me fue otorgado
el grado de Doctora en Derecho con calificación sobresaliente”. ¿A quién le importa? A
nadie. Sola, como el PRI.
 
El Partido Acción Nacional (PAN) no se queda atrás. En una entrevista en televisión
nacional realizada a su líder nacional, Marko Cortés, sobresalieron las palabras que no
se mencionaron y los temas que no se tocaron: corrupción, inseguridad, pobreza,
desigualdad. Nada. No hubo igualmente explicación alguna de las fallas pasadas, una
humilde autocrítica partidista, un mea culpa panista. Nada. Inexistente la crítica a la
actual administración, el espíritu de debate panista, la narrativa de la derecha
demócrata-cristiana. Nada. Lo que hubo fueron palabras vacuas, y silencio.
 
El movimiento morenista tendrá muy malas propuestas, pero se ha apropiado hasta
cierto punto del “espíritu de los tiempos”: nacionalista, estatista, popular. Tienen
narrativa. Los partidos de oposición deben despertar, desempolvar sus libros de
historia e ideología, adaptar la nueva narrativa que sea adaptable, disputar aquélla
que no lo sea, y complementarla con la existente. Necesitan narrativa. Y liderazgos con
espíritu.
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