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Plaza Cívica
Ser “conservador” no es ser “malo”, aunque en México así tendemos a relacionarlo por
comprensibles razones históricas. Nuestro presidente es propenso a hacer esa simple
y engañosa correlación, utilizándola como arma para denostar a sus opositores
políticos. Sin embargo, la idiosincrasia de Andrés Manuel López Obrador es, en una
medida importante, conservadora. Y comprender este rasgo de su personalidad nos
podría ayudar a discernir de mejor manera su persona, algunas de sus políticas
públicas, y ciertamente algunas de sus fallas.
 
El conservadurismo del presidente de la República está relacionado tanto con el
conservadurismo europeo como con el norteamericano. Los tres tienen como común
denominador el acento en la importancia de la familia como núcleo de la sociedad, el
mundo cristiano como raíz de los valores sociales, un especial hincapié en mantener
las tradiciones y costumbres colectivas, la historia nacional como fuente de
inspiración política, y la consideración por la autoridad y jerarquía. Vaya, mucho
puede cambiar pero, para los conservadores, hay ciertas cosas que deben de, valga la
redundancia, conservarse.
 
Sin embargo, partiendo de esa importante base común, los tradicionales partidos
conservadores europeos y el longevo Partido Republicano estadounidense tienen una
diferencia fundamental: el papel que juega el Estado en el país. Mientras que los
primeros le otorgan un papel central, observable en mayores tasas recaudatorias, más
gasto social y considerables facultades regulatorias (el famoso “Estado de bienestar”),
los segundos le conceden un rol residual y le otorgan mayor predominio al mercado.
Los primeros tienden a ser más comunitarios y pertenecen a un conservadurismo
tradicional, los segundos se inclinan más hacia el individuo y su conservadurismo es
más bien liberal.
 
En este sentido, el conservadurismo de López Obrador se encuentra más apegado al
europeo que al norteamericano, es decir, con una vocación más estatista, aunque los
parecidos son mayores aún: muchos de los partidos conservadores europeos tienen
siglas asociadas al cristianismo, y el acrónimo de MORENA nos recuerda a la “Virgen
Morena” (creer que es mera coincidencia es simple ingenuidad); diversas naciones
europeas avanzadas tienen déficits de estancias infantiles con el fin de incentivar el
rol tradicional de la mujer en casa, lo que nos recuerda la absurda terminación del
“Programa de Estancias Infantiles” con, muy probablemente, el mismo fin; diversos
partidos conservadores europeos han adoptado una posición contraria o ambigua
respecto de los derechos LGBTTI, siendo cabalmente esa la historia de AMLO al
respecto; y si las fuerzas armadas han estado íntimamente asociadas a los partidos
conservadores (De Gaulle en Francia, Churchill en Gran Bretaña, Bismarck en
Alemania), la deferencia de AMLO hacia nuestras Fuerzas Armadas se inserta en esa
misma historia: los militares como representantes de las más elevadas virtudes de la
nación (son “el pueblo mismo en uniforme”).
 
Aún así, hay una gran diferencia entre el conservadurismo tradicional europeo y aquél
de López Obrador: mientras que los primeros consideran las vías institucionales como
las únicas legítimas para llevar a cabo cambios políticos, y hay un claro respeto por la
ley, AMLO tiene una marcada denostación por las instituciones públicas (y privadas),
y una alergia a las normas establecidas. Lo anterior por considerar a éstas producto de
las élites y, por lo tanto, un tanto inservibles. Por ello, la concentración del poder en su
persona, y el establecimiento de un vínculo directo con la población. Esas
idiosincrasias quedaron largamente atrás, inclusive, en la izquierda europea.
 
El presidente de la República querrá un Estado de bienestar, pero las políticas que
está persiguiendo realmente están debilitando al aún endeble Estado mexicano. Y un
Estado de bienestar pasa, necesariamente, por la construcción de un Estado fuerte, y
democrático.
 
www.plaza-civica.com @FernandoNGE
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