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Plaza Cívica
El César pretende retornar a México. Andrés Manuel López Obrador avanza en su afán
de aglutinar poder, y el cesarismo asoma su cabeza. El propósito es eliminar los
contrapesos institucionales, concentrar el mayor poder en la presidencia y ejecutar de
la manera más puramente posible la agenda política personal. La celeridad es
sorprendente, la resistencia de los contrapesos institucionales incierta y el apoyo
popular innegable.
 
No estamos en la década de los setentas, pero hay un franco intento de regresar a ella.
Aunque la tentativa por concentrar poder político en toda democracia es válido dentro
de ciertos parámetros (elecciones, cambios constitucionales, nominación de personas
un-tanto-afines), la presente administración federal sorprende por el cinismo con el
que lo hace en claro detrimento de los contrapesos institucionales y el Estado
mexicano mismo. Las medidas en este sentido son variadas: despido masivo de
cuadros burocráticos para ser sustituidos por cuadros partidistas (CONACYT, diversas
secretarías de estado); recorte presupuestal a entes públicos de la mayor importancia
(Poder Judicial, organismos autónomos); cooptación de instituciones a través de la
nominación de perfiles partidistas (Suprema Corte de Justicia de la Nación, Comisión
Reguladora de Energía); imposición de figuras en los estados con amplísimas
facultades (súper-delegados); intento de debilitamiento del gobierno corporativo de
PEMEX con el consiguiente aumento del poder en su titular; y finalmente, pero no
menos importante, el uso del púlpito presidencial para golpear a figuras que no son
del gusto del presidente (el caso reciente de empresarios del ramo energético). Todos
los anteriores tienen en común que son contrapesos naturales al poder del Ejecutivo:
burocracias profesionales, organismos reguladores autónomos, poderes de la Unión,
entidades federativas, empresas productivas del estado, sector empresarial.
 
Los contrapesos institucionales, y por lo tanto el régimen democrático mismo, se han
mantenido a través de diversos mecanismos: controversias constitucionales, acciones
de inconstitucionalidad, amparos, participación activa en medios de comunicación,
rechazo de iniciativas de ley en el Congreso de la Unión, entre otros. Sin embargo, el
poder obtenido por el presidente de la República y su partido es incontestable, y su
gran popularidad preocupa ante las políticas planteadas.
 
Desde hace tiempo existe en el país un coctel preocupante consistente en el
desencanto con la democracia y la desconfianza en las instituciones entre la población
mexicana. El problema es que ahora hay que agregar otros dos ingredientes: la
creciente y enorme popularidad del presidente, y su cesarismo y desdén por los
contrapesos institucionales. Recordemos: solo un 38% de los mexicanos apoya la
democracia, un 18% dice estar satisfecho con ella y 90% dice que se gobierna para
unos cuantos poderosos (Latinobarómetro 2017). Por otra parte, existe una
calificación promedio de 6.2 de confianza en las instituciones (escala del 0 al 10).
Aquellas instituciones que gozan de “confianza baja” son los partidos políticos,
diputados y senadores; en “confianza media” se encuentran la Suprema Corte (SCJN),
cadenas de televisión, empresarios, e Instituto Nacional Electoral (INE); y en
“confianza alta” están solamente las universidades, Iglesia y Ejército (consulta
Mitofsky). ¿A quiénes tiende a golpear más AMLO, y con quiénes tiende a aliarse más?
A las menos populares, y con las más populares, respectivamente. Andrés Manuel
López Obrador ofrece una verdadera democracia, un gobierno del pueblo, denostación
a algunos de los actores más repudiados, y alianza con algunos de los más queridos en
México. ¿Despido de burócratas profesionales, ternas con candidatos ineptos a la CRE
o atentado contra el gobierno corporativo de PEMEX? ¿Qué es eso? Y entonces, tienes
una popularidad presidencial que ronda el 80%.
 
La población mexicana está, con toda razón, harta. Pero ese hartazgo es sumamente
peligroso cuando ha tomado el poder un populista, con toda la intención de
concentrar el poder lo más posible y eliminar los contrapesos institucionales lo más
rápido. El César ya llegó a México, y muchos siguen sin darse cuenta.
 
www.plaza-civica.com @FernandoNGE
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