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Plaza Cívica
El combate a la corrupción en el presente sexenio será mucho ruido, pero pocas
nueces. Si eliminar la corrupción ha sido el eje central del discurso del actual
presidente de la República, entonces ésta se convertirá en el principal fracaso de su
gobierno. La esencia moralista que le adjudica al problema, las políticas personalistas
con las que intenta solucionarlo, su desdén a la construcción institucional y el franco
intento de debilitamiento estatal apuntan solo en la dirección de la ignorancia
personal y la futura decepción colectiva.
 
Hasta hace poco el problema de la corrupción y la urgencia por combatirla estaban en
la consciencia y las bocas de amplios sectores de la sociedad mexicana. Los muchos y
hondos escándalos de corrupción de los últimos años representaron un lastre para el
sexenio pasado, pero también una oportunidad para capitalizar sobre el coraje
popular y construir soluciones duraderas, es decir, institucionales. Pues ya no más: la
popularidad con la que cuenta el actual mandatario federal, el manto moralista con el
que astutamente se ha sabido arropar, y el monopolio de la agenda pública producto
de sus habilidades comunicativas han hecho del tema de la corrupción un comodín
personal a utilizar, y no un problema nacional a solucionar.
 
La administración federal aún no cumple cien días, pero las palabras pronunciadas y
acciones emprendidas son suficientes para indicarnos el camino tomado.
 
Lo que podríamos denominar “caprichos presidenciales” representarán un foco
importante de corrupción. Aunque las políticas emprendidas por todo presidente son
por naturaleza personales, la diferencia aquí consiste en que los proyectos anunciados
por el presidente son simplemente caprichos porque no tienen estudios técnicos, no
han mediado discusiones públicas y, además, implican el gasto de miles de millones de
pesos de recursos públicos; inclusive, han habido estudios serios que ponen en
 
entredicho la factibilidad de algunos de ellos. La llamada “Ley Compadre”, aprobada el
pasado octubre en Tabasco con un congreso estatal de mayoría morenista, tiene como
fin ampliar las adjudicaciones directas en obras públicas, una de las principales
fuentes de corrupción en el país. ¿Por dónde pasará el Tren Maya? Tabasco. ¿Dónde se
construirá la refinería de Dos Bocas? Tabasco.
 
La falta de solidez institucional nos condena a vivir en un estado subdesarrollado. El
Sistema Nacional Anticorrupción (SNA) era una apuesta para construir un andamiaje
institucional que de manera integral y coordinada atacara el complejo problema de las
redes de corrupción. Si antes carecíamos de algunos de sus titulares, los recientes
nombramientos dejan mucho qué desear. El nombramiento de Alejandro Gertz
Manero (FGR) solo augura un término grisáceo como su carrera política, una persona
de 79 años de edad que terminará su mandato a los 88 años y que, además,
recientemente se reunió únicamente con senadores de la bancada morenista. Las
nominaciones de José Agustín Ortiz Pinchetti y de María de la Luz Mijangos Borja para
encabezar la Fiscalía Electoral y Anticorrupción, respectivamente, representan más de
lo mismo: colocar en puestos clave a gente de AMLO, violando el espíritu de la
autonomía institucional.
 
Podríamos igualmente mencionar los recortes presupuestal a la Fiscalía, la Secretaría
de la Función Pública (SFP) y el Poder Judicial; el amiguismo suscitado en distintos
programas sociales de gran envergadura; y claro, la terna enviada de la SCJN,
compuesta por una ex-candidata a gobernadora por MORENA, una ex-diputada
federal por el mismo partido, y la esposa de un contratista del actual gobierno. Esto
último no tiene parangón alguno en la historia reciente del país.
 
Los problemas en las declaraciones patrimoniales de Olga Sánchez Cordero (SEGOB) y
Javier Jiménez Espriú (SCT) solo auguran el fracaso de la política personalista para
combatir la corrupción. Palabras bonitas, recetas morales y promesas personales son
solo medidas frívolas. Voluntad política, construcción institucional y aplicación de la
ley son las medidas verdaderamente trascendentales.
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