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Plaza Cívica
El reciente terremoto político ocurrido en México consiste no solamente en la fuerza
del nuevo gobierno y la debilidad de la oposición, sino en la naturaleza de éste. Si el
presidente se jacta de encabezar un cambio de régimen, tiene en gran parte razón en
el hecho del cambio aunque no del todo en su naturaleza. Porque el cambio reside no
tanto en el carácter de izquierda del nuevo gobierno, sino en su esencia populista.
 
Los movimientos populistas han estado en ascenso durante los últimos años en el
mundo, y México no ha sido la excepción. Probablemente nos encontramos en un gran
parte-aguas político, cuyo punto de inflexión fue la crisis financiera global de 2008.
Los capitanes de ese entonces eran los llamados “tecnócratas”, personas altamente
estudiadas y especializadas con un desdén por las consideraciones ideológicas. Eran
los gobiernos de los mejores y más preparados, aquéllos que trataron de cumplir el
sueño de Platón de hacer de las labores de gobierno una ciencia exacta, aquéllos que
siguieron el concepto porfiriano de “poca política, mucha administración”. Y tanto en
aquél entonces como en éste, faltó sensibilidad y visión, porque es imposible resolver
problemas sin acercamiento social, imposible capitanear un gran barco con mucha
profundidad y poca amplitud.
 
Ahora parecen ser los tiempos de los populistas, quienes prometen un cambio de
timón tanto en la manera de hacer política como en sus propuestas, poniendo énfasis
en un mayor acercamiento ciudadano y políticas públicas redistributivas. Dejando a
un lado otras consideraciones propias de estos movimientos, como su desdén por las
instituciones y la ley, la importancia del líder y su fusión con el pueblo, o el uso de una
dicotomía de buenos/malos y élites/pueblo, lo que llama la atención es su alergia a la
especialización técnica, el seguimiento a las reglas, la seriedad en la planeación. El
problema que surge aquí es que en un mundo donde el núcleo de la organización
política es grande (el Estado-nación), los problemas son vastos y complejos, y la
 
demanda social es creciente, resulta imposible para un país salir adelante sin cuadros
sumamente técnicos.
 
El nuevo gobierno mexicano es, en este sentido y otros más, un gobierno populista.
Apenas ha pasado un mes de gobierno y las señales están por todas partes: la
cancelación del NAIM, la construcción del Tren Maya y de la refinería de Dos Bocas, la
disminución sistemática en el presupuesto de los organismos autónomos, los
estímulos fiscales en la frontera norte, la reducción drástica en el número y sueldos de
la burocracia de confianza, la cancelación de facto de las reformas energética y
educativa, los programas sociales para adultos y jóvenes, etc. La tensión entre la
tecnocracia y el populismo se puso claramente de manifiesto con la aprobación del
Proyecto de Egresos 2019 y la última minuta del Banco de México donde justifica su
alza en las tasas de interés. Aunque el aumento obedece a diversos factores internos y
externos, un punto mencionado ampliamente es “…la incertidumbre en torno a las
políticas de la nueva administración…”. Menciona precisamente la cancelación del
NAIM, el modelo de negocios de PEMEX, la disonancia entre las metas fiscales y los
nuevos proyectos, la falta de interés en la formación de capital físico y humano, el
destino de la inversión pública en proyectos cuya rentabilidad está en duda. La
mención es constante a lo largo del documento, punto de preocupación principal entre
la mayoría de los subgobernadores del BM.
 
Los tecnócratas fallaron, y no parece que los populistas serán mejores. Si los primeros
gobernaban únicamente desde la frialdad del razonamiento produciendo estabilidad y
parálisis, los segundos parece que lo harán desde el calor de la emoción, produciendo
inestabilidad y retroceso. Hay un desequilibrio en la Jefatura de Estado, por lo que los
tiempos políticos estarán igualmente desequilibrados.
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