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Plaza Cívica

En tiempos de movimientos populistas y polarización social, la reciente muerte de un ex-presidente estadounidense nos ofrece una ventana hacia lo que podríamos denominar una élite aristocrática, es decir, una élite ejemplar. Y si el movimiento popular de MORENA representó un castigo hacia las élites mexicanas, algunas políticas implementadas por nuestro presidente las podría peligrosamente liberar de sus inherentes responsabilidades con el país.

 

El fallecimiento de George H.W. Bush ha sido lamentado en todo el mundo. En tiempos de pasiones desenfrenadas, el mundo se despidió de una persona que encarnaba las virtudes de racionalidad, moderación y generosidad que cada día se anhelan más. Si la administración gubernamental de Bush padre pareció en sus días aburrida e inconsecuente, existe hoy un importante consenso de que la historia será magnánima con su persona y presidencia. Sin embargo, las acciones y el carácter de H.W. Bush se deben en gran parte a la consciencia que éste tenía de formar parte de las élites estadounidenses, con raíces familiares en EUA que datan del S. XVII, una educación exclusiva y una posición económica privilegiada. Esa consciencia inevitablemente se traducía en saber que esos privilegios venían atados con deberes y responsabilidades nacionales, y por ello a los 18 años se alistó por iniciativa propia para pelear en la Segunda Guerra Mundial, y posteriormente dedicó su vida al servicio público. Por ello los funerales de Estado que unieron a todo el país, y en parte al mundo.

La historia del ascenso y la caída de las naciones tiene una multitud de explicaciones, pero siempre invariablemente aparecen las “élites”, los personajes que toman las grandes decisiones. Si en México el poder político y, sobre todo económico, se encuentra altamente concentrado, entonces en una medida importante la responsabilidad de la situación nacional recae en un grupo reducido de individuos que han dejado mucho qué desear. El enojo popular de los mexicanos con sus élites finalmente se cristalizó con la victoria de MORENA y Andrés Manuel López Obrador, quien hizo campaña bajo la premisa de regresarle el poder al pueblo utilizando los mecanismos de la democracia directa. Sin embargo, un efecto nocivo y poco comentado es que ésta libra de toda responsabilidad a nuestras élites, comenzando por el presidente de la República y el gobierno federal que encabeza.

Los dirigentes nacionales están para tomar decisiones, y la población las aprobará o rechazará a través de diversas medidas, entre ellas el voto. El problema surge cuando todos tomamos las decisiones, con la pregunta obligada: ¿quién asume la responsabilidad? Porque si todos son responsables (el pueblo), entonces nadie es responsable (las élites), desincentivando la creación y el fortalecimiento de mecanismos de rendición de cuentas. Uno de los sucesos más claros de lo anterior es la postura del presidente respecto de si se enjuicia o no a los ex-presidentes en caso de encontrarse irregularidades: lo someterá a consulta popular para que el pueblo decida, eludiendo la responsabilidad de tomar decisiones, restringiendo la creación de capacidad institucional.

Ya sean élites que hayan heredado su estatus (Bush) o élites que durante su vida lo hayan adquirido (AMLO), las sociedades necesitan de élites aristocráticas, es decir, conscientes de su estatus y dispuestas a asumir sus responsabilidades para dirigir. Las élites mexicanas no deben de rehuir la responsabilidad que tienen con el país, ni aceptar el pase automático que representa la democracia directa. Si el pueblo tiene responsabilidad de no dar paso a la “tiranía de la mayoría”, las élites más aún deben cerrar el paso a lo que John Stuart Mill llamó “la tiranía de la conformidad”.

  1. @FernandoNGE
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