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Plaza Cívica
La toma de protesta presidencial fue sin duda distinta, augurando un gobierno que
será notoriamente diferente. Si la nueva administración ha propuesto un cambio
radical, ha comenzado cabalmente. Las ideas propuestas, las formas acogidas, la
valoración que se hace de nuestra historia reciente, el lugar con el que se visualiza el
movimiento morenista en la historia nacional, y la comparación sutil pero innegable
que hace el nuevo presidente de sí mismo con los héroes nacionales, todo esto nos
indica, al menos, el advenimiento de tiempos peculiares.
 
Los discursos pronunciados por el nuevo presidente fueron congruentes con las
propuestas anunciadas anteriormente, estuvieron cargados de lugares comunes,
hicieron proposiciones imposibles de realizar e incluyeron algunas buenas dosis de
mentiras. El trasfondo en ambos discursos fue un aura de misticismo, de simpleza de
visión, de optimismo desbordado. Si uno de estos rubros por sí mismo resulta
preocupante en política, el conjunto mezclado resulta aún más.
 
Comunicarse directamente con “el pueblo”, sin intermediarios de por medio, será la
nueva normal, de la misma manera que la mística religiosa desea la comunicación
directa entre individuo y Dios. Y en esa lógica se entiende el discurso en el Zócalo,
utilizando en ocasiones un lenguaje cuasi-religioso: “No me dejen solo porque sin
ustedes no valgo nada, o casi nada. Yo ya no me pertenezco, yo soy de ustedes, soy del
pueblo de México”. Es la fusión del líder político con el pueblo, del individuo con Dios.
Son palabras anormales y mayores, y se antoja imposible recordar un momento de la
historia cuando política y religión hayan tenido un acompañamiento provechoso.
 
Gusta la presencia de la historia nacional, el énfasis en las tradiciones y costumbres, el
sentido de comunidad en un país con lacerantes desigualdades y falta de cohesión
social. Pero preocupa que los discursos contengan más referencias al pasado que al
 
futuro, no resultando raro que el punto cien de su discurso, el último de los puntos,
hiciese referencia al ayer: “Asimismo, vamos a preservar nuestra memoria histórica.
Se promoverá la lectura en general y particularmente de la historia, el civismo, la
ética; nunca se olvidará de dónde venimos; por eso se exaltarán nuestras culturas
originarias, las transformaciones históricas y el sacrificio de nuestros héroes…”. No es
saber de dónde venimos para saber a dónde vamos, sino solamente saber de dónde
venimos. Mientras tanto, la ciencia y tecnología, imprescindibles para llevar a los
mexicanos al primer mundo, se comenta en un párrafo, dedicándole casi el mismo
tiempo que a las ventajas alimenticias de las sardinas.
 
La realidad es sumamente compleja, grisácea, cambiante, y para lidiar con ella se
necesita de una política igualmente compleja. Solo en la súper-polarización política y
la guerra el gris se esfuma para tornarse en blanco y negro. Algunos de los grandes
capítulos nacionales han sido precisamente en estos escenarios, son algunos de los
capítulos más admirados por el presidente, y la constante presencia de este pasado en
su mente se refleja en un lenguaje altamente dicotómico. En plena Cámara de
diputados nos dice: “…haré cuanto pueda para obstaculizar las regresiones en las que
conservadores y corruptos estarán empeñados. Por eso aplicaremos rápido, muy
rápido, los cambios políticos y sociales para que si en el futuro nuestros adversarios,
que no nuestros enemigos, nos vencen…”. Es el lenguaje de la guerra en una realidad
de paz, ante una sociedad mexicana compleja que se gobierna democráticamente.
 
La política debe de estar dirigida por políticos con un lenguaje secular, el pasado debe
de tener un hilo conductor al futuro, y la oposición representa a adversarios políticos.
Pero el objetivo principal de la nueva administración es “la purificación de la vida
pública de México”. Tenemos un nuevo sacerdote que desinfectará los pecados del
pasado cometidos por los enemigos de México. Tal vez, tiempos peligrosos.
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