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Plaza Cívica
Con el contundente triunfo de Andrés Manuel López Obrador, gran parte de la
atención mediática se ha centrado en su persona e ideas, pero poco interés se ha
puesto en lo que es su mayor creación hasta el momento y vehículo esencial para
llegar al poder: MORENA. Aunque su herencia como Presidente está por verse, ya
contamos con un importante legado suyo en la forma de un partido que ha alterado
sustancialmente el panorama político mexicano.
Y si quiere que ese legado sea
duradero, la historia de los partidos políticos en México, así como la actual situación
mundial, tienen algunas importantes lecciones qué entregarle.
 
A López Obrador se le han hecho dos constantes críticas en relación a su vida
partidista, aunque poco apegadas a la realidad e historia: su abandono del PRD, y su
influencia al interior de MORENA. Si la política es en parte una disputa entre
liderazgos con reglas definidas, AMLO usó su gran popularidad acatando las normas
electorales para dejar atrás una organización política y formar un partido político a su
imagen y semejanza (el sueño de muchos políticos). Una vez formado MORENA,
resulta natural su desproporcionada influencia a su interior: ésa es la historia de la
formación de muchos partidos políticos, y ciertamente es la historia del PRI y PAN:
Calles ejerció un poder de facto durante el Maximato, y Manuel Gómez Morín fue
presidente ininterrumpidamente durante los primeros diez años de vida del panismo.
Es el precio a pagar para consolidar una institución de esa magnitud.
 
Sin embargo, la fundación de MORENA no augura larga vida al partido, y la historia y
circunstancias políticas actuales tienen algunas lecciones críticas que ofrecer a AMLO
y su recién nacido.
 
Aunque todos los partidos políticos acuden al centro político con el fin de sobrevivir,
un exceso de centrismo puede ocasionar su muerte. El ejemplo claro es el PRI, cuya
 
ideología camaleónica centrista le permitió permanecer largamente en el poder -en un
contexto autoritario, hay que resaltar- y hoy solo espera el clavo final en su sarcófago;
el PAN tiene una historia parecida recientemente: por eso, el PRIAN. Lo que está
matando a los partidos tradicionales en Occidente es el gran parecido entre sí
producto del centrismo, y lo que está propalando a los extremos políticos es su
diferenciación. Si los partidos apoyan políticas públicas muy parecidas, y algo sale mal
(porque siempre algo sale mal), ¿quién tiene la culpa? No uno u otro, sino todos; no
unas u otras élites, sino todas: las élites.
 
Los partidos políticos son instituciones, y su consolidación institucional resulta
esencial: implica ideología, estructura y cuadros, fundamentalmente. La
institucionalización del PAN le permitió convertirse en el vehículo de la oposición por
muchos años y en uno de los principales actores en la democratización del país; hoy
sobrevive mejor que cualquiera de los partidos políticos tradicionales. La endeble
institucionalización del PRI le permitió poner fin a la violencia de la Revolución,
traspasar el poder de manera pacífica, y ciertos contrapesos frente al Presidente; sin
embargo, fue endeble porque dependía en gran medida de la figura presidencial, y las
consecuencias de ello son obvias hoy en día. La muy poca institucionalización en la
izquierda mexicana, producto de su adicción a figuras carismáticas, ha provocado su
práctica desaparición: ahí está el PRD con Cuauhtémoc Cárdenas/AMLO. La
institucionalización implica independencia y flexibilidad, su falta implica dependencia
y rigidez.
 
Plutarco Elías Calles y Manuel Gómez Morín son recordados por crear instituciones, y
entre éstas, notablemente partidos políticos. Andrés Manuel López Obrador ha
recorrido una odisea para crear un partido político en MORENA. Sin embargo, si
quiere que sea uno de sus grandes legados, necesita darle una ideología y reglas
claras, es decir, institucionalizarlo. Y de lo mismo dependerá el éxito o fracaso de su
gobierno.
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