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Plaza Cívica
La corrupción es fuente principal de hartazgo ciudadano. El primer fenómeno siempre
ha estado presente en nuestra vida nacional (corrupción), pero el segundo nunca
(hartazgo con ella). Ante esto, surge la pregunta: ¿por qué hasta ahora? Y para
comprender, solo basta ver el actual sexenio.
 
En el tema específico de la corrupción, tres fenómenos se han combinado, trayendo
como consecuencia una inusitada rabia popular. El primero de ellos es la
democratización del país, específicamente algunas de sus consecuencias: libertad de
prensa, organizaciones de la sociedad civil, transparencia en las estructuras
gubernamentales, etc. El segundo es causa y consecuencia del primero: mayor
consciencia ciudadana de la realidad. Pero el tercer fenómeno es propio de estos años
inmediatos: la corrupción avasallante, anormal, tanto a nivel federal como local.
 
Enfocándonos en los escándalos de corrupción ocurridos únicamente a nivel federal,
podemos decir que la actual administración sobresale de las anteriores tanto por el
número, como por la magnitud, de ellos. Agrupémoslos en cinco categorías: que
atentan contra la democracia, de excesiva discrecionalidad, de boicoteo institucional,
de intromisión internacional, y personal.
 
Contra la democracia: tres casos. El primero es “Pegasus”, donde el gobierno federal
espió a académicos, periodistas y líderes de la sociedad civil a través de un programa
obtenido bajo la promesa de usarlo únicamente contra criminales y terroristas. El
segundo es la utilización de la Procuraduría General de la República para golpear
políticamente a un candidato presidencial durante pleno proceso electoral (Fox utilizó
la PGR igualmente, pero antes del proceso electoral). El tercero es la “Ley Chayote”, a
través de la cual el Presidente rompió su promesa electoral de regular la propaganda
gubernamental e hizo legales las malas prácticas gubernamentales. Los tres casos
 
afectan gravemente la democracia porque se espía a voces disidentes, se utiliza el
Estado para intimidar, y se facilita la compra de facto de medios de comunicación.
 
De excesiva discrecionalidad: dos casos. El primero es relativo a los fondos
presupuestales. La revista Proceso entrevistó en semanas pasadas al doctor Juan
Moreno Pérez, un experto en finanzas públicas, quien reveló que en 2016 se creó un
Fondo de Fortalecimiento Financiero (FFF) de completa discrecionalidad: en el mismo
2016 se le otorgaron mil 481 mdp, pero se acabaron gastando más de 62 mmdp. El
segundo es el tema del gasto presidencial: entre 2013 y 2017 EPN gastó 23.8% más,
en términos reales, que el ex-presidente Felipe Calderón, además de gastar siempre
mucho más de lo aprobado.
 
De boicoteo institucional: tres casos. El primero es referente al INAI, donde su ex-
comisionada presidenta, Ximena Puente, terminó su mandato y pasó a formar parte de
las listas plurinominales del PRI. El segundo concierne a la ASF, donde a través de un
rápido proceso legislativo se nombró a su titular y éste recientemente despidió a
diversos titulares que precisamente descubrieron los desvíos conocidos como La
Estafa Maestra. El tercero es el saboteo constante para crear una Fiscalía autónoma.
 
De intromisión internacional: es el caso “Odebrecht” y el muy posible financiamiento
ilegal por parte de una empresa extranjera a la campaña presidencial de EPN. Éste
lunes el New York Times, en primera plana, publicó un reportaje del caso titulado:
“México podría presentar cargos por soborno. Simplemente no lo ha hecho”. Nos
recuerda que solo dos países latinoamericanos se han estancado: Venezuela y México.
 
Personal: uno, que lo resume todo: la Casa Blanca.
 
Las particularidades de cada uno de los casos mencionados los hace más indignantes
aún, mucho más. En materia de corrupción, el presente sexenio ha sido “punto y
aparte”, y no en sentido positivo. La democracia y la transparencia sin rendición de
 
cuentas han traído mayor desconfianza, enojo y hartazgo. Si no resolvemos el
problema pronto, las pasiones se desbordarán aún más, y nada bueno puede suceder.
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