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Plaza Cívica
Se ha celebrado el segundo debate presidencial en medio de las elecciones más
grandes del país. Aunque es natural que en los debates políticos se hagan
señalamientos personales, se hable de manera general y hasta haya cierto espectáculo,
resulta también importante observar las propuestas hechas. Porque queremos una
ciudadanía que emita su voto más en base a ideas que emociones, proposiciones que
numeritos.
 
Partimos diciendo que el formato del debate fue nuevo y exitoso: ciudadanos
ordinarios hicieron preguntas incisivas, moderadores interpelaron acertadamente a
los candidatos, y finalmente hubo debate, es decir, discusión, propuestas,
enfrentamientos.
 
Andrés Manuel López Obrador mejoró respecto del primer debate, respondió ataques
(aunque los hizo personales y respondió de manera muy personal, fiel a su estilo) e
hizo extenso uso de su repertorio de frases. Correctamente hizo hincapié en la
importancia de combatir la corrupción (recordando el caso de Josefina Vázquez Mota)
y de tener un país fuerte internamente para hacer frente a los desafíos externos.
Propuso desarrollar el Istmo de Tehuantepec, sustituir plantíos de drogas, y elaborar
proyectos de infraestructura regionales con Centroamérica (aunque México mismo
tiene un serio déficit en la materia). Sin embargo, en muchas de sus propuestas deja
qué desear: enfrentaremos a Donald Trump con autoridad moral, seremos
autosuficiente en el campo (imposible e indeseable ser autosuficientes),
aumentaremos al doble el salario mínimo de inmediato, se rechazará el uso de la
violencia (la actual estrategia ha fallado pero el componente policiaco es sumamente
importante), y el Instituto Nacional de Migración se irá a Tijuana (no ayudaría, y
quedaría un tanto aislado del gobierno federal). Lo de sacar la cartera y esconderla,
sobraba.
 
Ricardo Anaya Cortés bajó un poco su cualidad respecto del primer debate, utilizó
datos duros siempre bienvenidos y señaló personalmente a los candidatos, aunque le
fue imposible zafarse del tema de la ostentación familiar. Correcto en señalar
reiteradamente el error de invitar a Trump, en sus propuestas de poner todos los
temas en la mesa para negociar mejor con EUA, acudir a organismos multilaterales y
demandar reciprocidad. Realista su proposición de aumentar inmediatamente en cien
pesos el salario mínimo para en cuatro años duplicarlo, y exentar de ISR a quienes
ganen menos de diez mil pesos mensuales; hace hincapié en la infraestructura como
un medio para unir al país. Donde hizo poco sentido fue al hablar de bajar el IVA a la
mitad (propuesta también de AMLO), de enfrentar la violencia a través del deporte y
la cultura, en no estar a favor de legalizar la marihuana (igual que los otros
candidatos), y en darle una cuota en el Congreso de la Unión a los migrantes
(seguimos con el tema de las cuotas). Finalmente, el mejor debatiente.
 
José Antonio Meade Kuribreña mejoró su desempeño, mostró buen conocimiento en el
tema migratorio, pero su paso gris por muchas secretarías lo hace imán de críticas.
Acertó cuando habla de reducir la entrada de armas al país (sin decir más), sobre
atacar los problemas de migración en las comunidades de origen (sin decir más), al
hacer énfasis en trabajar con gobiernos locales e iglesias en EUA para ayudar a
nuestros paisanos, y en la importancia de crear un Código Penal Único. La losa de la
actual administración queda clara al decir que EPN no se equivocó al invitar a Trump,
y su perfil neoliberal/tecnocrático quedó claro cuando repitió mucho “comercio” e
”inversión”, haciendo a un lado el salario mínimo.
 
Sobre El Bronco, ni hablar.
 
Faltaron más propuestas, más específicas, y los famosos “cómos”. Y también: AMLO no
responde los señalamientos del negocio familiar que representa MORENA, Anaya
sobre la estadía de lujo de su familia en EUA, y Meade no se deslinda del Presidente. Es
el segundo debate para elegir a quien dirigirá, hasta cierto punto, los destinos del país.
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