fiestas de octubre

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Las campañas electorales presidenciales han entrado en una nueva, más intensa fase.
El candidato puntero, Andrés Manuel López Obrador, se ha convertido en blanco
especial de ataques por parte de sus contendientes, algo natural en las democracias.


Sin embargo, la estrategia de ataque ha cambiado de una de crítica a una de miedo,
una película ya vista en las elecciones de 2006. Ante ello, las preguntas obligadas que
surgen son: ¿por qué las campañas de miedo se han aplicado casi exclusivamente
contra AMLO? Y, ¿es ésa finalmente una estrategia legítima?La naturaleza de la política no ha cambiado desde los albores humanos, consistente en
la conquista del poder para dirigir los caminos colectivos. Si la naturaleza de la política
no ha cambiado, es porque la naturaleza humana básicamente no lo ha hecho. En el
clásico libro escrito por el Tucídides en el año V a.C. bajo el título “Historia de la
Guerra del Peloponeso”, una idea hace especial eco hasta nuestros días: tres son lo
sentimientos que impulsan a los humanos y las naciones: el miedo, el honor, la
ambición. En el caso particular del miedo, éste se ha utilizado concienzudamente en la
política desde la antigua Grecia y hasta nuestros días, en algunas ocasiones de manera
constructiva, en otras de manera destructiva. Por ejemplo, el gran estadista Pericles lo
utilizó como un arma para convencer a una población ateniense sumamente confiada
sobre los peligros que representaba Esparta; por otra parte, tenemos el miedo sin
sustento de Trump. Finalmente, el miedo es humano, y por ello es un arma esencial de
la retórica, el debate, la política.El miedo ha sido un arma poco utilizada en México porque anteriormente no había
competencia electoral. Hoy ya la hay, y ya se utiliza. En este sentido, Andrés Manuel
López Obrador ha sido el candidato contra quien más se ha utilizado dicha arma,
especialmente cuando fue un candidato competitivo en las elecciones de 2006, y ahora
en 2018. Lo anterior no resulta raro ante dos rasgos muy particulares de lapersonalidad de AMLO. El primero de ellos es que ve una realidad nacional
sumamente compleja de una manera sumamente simple; su visión es altamente
bipolar: el pueblo, la oligarquía, la mafia del poder, los de arriba, los de abajo, etc. Eso
le ha traído un segundo problema: una enorme desconfianza acompañada en muchas
ocasiones de insultos hacia una larga lista de personas e instituciones bajo la lógica de
que, como no están con los buenos (él), entonces necesariamente deben estar con los
malos: medios de comunicación, empresarios, ministros de la Corte, partidos políticos,
sociedad civil, etc.La gran desconfianza y las repetitivas afrentas de López Obrador hacia amplios
sectores de las élites mexicanas no es común en las democracias, por lo que no se
puede esperar una reacción común de la contraparte; la consecuencia natural han sido
las campañas de miedo dirigidas hacia AMLO, aceptadas igualmente por una parte
importante de la población. Al candidato puntero en las elecciones presidenciales se le
olvida que la democracia es un régimen político complejo porque tiene como fin darle
voz a una masa poblacional con intereses complejos y, además, debe crear pesos y
contrapesos para evitar el acaparamiento del poder. Es en este vasto y complicado
mar donde López Obrador tiene que navegar, y su simplismo lo ha hecho sumamente
incompetente para ello.El discurso lopezobradorista es cierto y atractivo al expresar el acaparamiento del
país por una parte de las élites nacionales, así como el legítimo hartazgo de la
población. Pero las formas que utiliza, así como su voluptuosidad, causan un miedo
comprensible. Los buenos políticos se distinguen por saber cuándo negociar y cuándo
golpear. AMLO ha demostrado ser muy poco apto para lo primero, y muy hábil para lo
segundo.www.plaza-civica.com

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