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Plaza Cívica

La democracia solo existe con debate, y el debate solo existe con democracia. Las antiguas polis griegas fundaron la democracia de la mano del debate público. Por ello, no resulta raro que la democratización del país ha estado acompañada del crecimiento del debate público, la mejora en los debates presidenciales. Y prueba de lo anterior es lo que pudimos observar el pasado domingo: choque de ideas, de propuestas, de personalidades.

 

Andrés Manuel López Obrador salió con algunas cortadas, pero nada grave. Candidato con una larga historia de lucha social, sin embargo se formó bajo el régimen autoritario de antaño, por lo que lleva en su ADN la alergia al debate: su mayor arma fueron esas antiguas y repetitivas frases. Ideas/propuestas: que el Presidente proponga la terna para la Fiscalía (las nuevas reformas involucran a la sociedad civil y el Senado), revocación de mandato cada 2 años (sinónimo de inestabilidad política), realizar una convocatoria para poner la honestidad como forma de vida y de gobierno (¿?), si el Presidente es honesto el resto de los funcionarios serán honestos (la única solución es la vía institucional, no personal), los grandes delincuentes son niños de pecho comparados con los políticos corruptos (entonces El Chapo es más manso que Humberto Moreira), la inseguridad es producto de la pobreza (no únicamente), etc. Dice que su movimiento representa la cuarta transformación del país. ¿Cuáles fueron los otros tres? La Independencia, Reforma y Revolución; el ego. Expresar el hartazgo es lo suyo, y no se sintió.

Ricardo Anaya Cortés salió a golpear, pero no logró un “knock-out”. Es un fiel representante de la larga tradición del buen debate panista. Su estrategia fue una sana mezcla de propuestas, contrastes, y ataques a AMLO (el puntero) y Meade (jalar voto priista). Ideas/propuestas: autonomía de la Fiscalía involucrando a la sociedad civil y el Senado, eliminar el uso de efectivo en transacciones gubernamentales, cárcel y muerte civil a funcionarios involucrados en casos de corrupción, desmantelar -y no solo descabezar- a organizaciones criminales, gobiernos de coalición, revocación de mandato (regulada y prohibiendo la reelección del Presidente), etc. Le señalaron que no había publicado su crédito hipotecario, a lo que contestó que es información pública; veremos. Buenas ideas, baja emoción. ¿Su apuesta? Atraer el voto útil priista. Sin él, no gana.

José Antonio Meade Kuribreña se lleva un “ni fu ni fa”, precisamente lo que no quiere el país. El burócrata/tecnócrata gris que es incapaz de decir “Fiscalía” (dice “ministerios públicos”), su falta de visión de país se refleja en pocas propuestas expresadas de manera individual. Es decir, no hay comunidad, no hay proyecto colectivo.

Los independientes, quienes serían la panacea a los problemas del país, resultaron los peorcitos. Una Margarita Zavala con pocas propuestas, apostándole al voto de la mujer porque ella es mujer (no le funcionó a Clinton, tampoco a ella), con el gran acierto de mencionar constantemente la palabra “Estado” y el gran desacierto de renunciar al dinero público para abrirle las puertas al dinero privado. Nerviosa e incoherente, como una estudiante de secundaria en un debate de zona escolar. Y el Bronco, el que usó al estado de Nuevo León como ejemplo de su bueno gobierno aunque nadie lo quiere de regreso, es por mucho el candidato más antisistema de todos, y por ello el que dijo las mayores ocurrencias de todas.

El Instituto Nacional Electoral (INE) fue capaz de realizar el debate más debate de, probablemente, la historia de las elecciones presidenciales mexicanas. La expectativa causada y su buena organización hablan bien de nuestro país. Si algunos nos quedamos con ganas de más debate, no fue tanto por el INE sino por cierta carencia de ideas y espíritu combativo en algunos candidatos presidenciales. La buena cultura democrática, con todo lo que incluye, lleva tiempo.

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