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Plaza Cívica
México celebrará las elecciones más grandes de su historia, por lo que tendremos el
reparto más grande de golosinas electorales. En los últimos años el votante mexicano
ha demostrado una mayor madurez que lo ha hecho un tanto alérgico a determinados
dulces, aunque no a otros tantos. Y del control que tengamos para ingerir las
chucherías que se nos presentarán en las próximas semanas dependerá la salud de
nuestra democracia y el futuro de nuestro país.

 

Dos grandes caramelos con diferentes presentaciones nos serán ofrecidos durante las
presentes elecciones: clientelismo político y propuestas públicas caprichosas.

El primero de ellos es ampliamente conocido, ya que lo hemos ingerido en grandes
dosis durante las últimas décadas. Tiene un sabor agridulce, ya que por una parte se
utiliza para comprar el voto, aunque por la otra resulta necesario para movilizar y
politizar a los ciudadanos. Sin embargo y afortunadamente, durante los últimos años
la población mexicana lo ha comenzado a rechazar: la alternancia en la presidencia y
en básicamente todos los estados son prueba de ello.

El segundo de éstos será probablemente el caramelo más azucarado a ofrecer.
Paradójicamente, la sana competencia electoral ha provocado la tentación en los
candidatos para hacer proposiciones audaces o populistas ante un electorado rodeado
de duras circunstancias sociales y muchas esperanzas.

De los tres principales candidatos, José Antonio Meade Kuribreña es el más alérgico a
este tipo de caramelo, de esperarse al ser el aspirante del status quo, el
tecnócrata/burócrata sobrio sin ideología política y, por lo tanto, sin visión.

Por otra parte, Ricardo Anaya Cortés ha hecho una serie de propuestas institucionales
y alcanzables, siendo la excepción el llamado “ingreso básico universal”. Su fin es
asegurar un ingreso mínimo mensual a todos los mexicanos, y a pesar de ser una de
sus principales banderas políticas, ha sido incapaz de explicarla a mayor profundidad.
Si en países desarrollados el proyecto es materia de discusión, su implementación en
un país aún sub-desarrollado como México parece sumamente difícil.

Por último, Andrés Manuel López Obrador tiene toda una serie de propuestas
económicas que se antojan sumamente irrealizables y desconectadas entre sí.
Únicamente en los últimos días propuso congelar el precio de la gasolina durante los
primeros tres años de su presidencia, tiempo en el cual se construirán dos nuevas
refinerías, para que en los tres años posteriores baje el precio de la gasolina. Prometió
asimismo aumentar inmediatamente al doble el salario mínimo, bajar el IVA en la
frontera norte de un 16% a un 8%, así como el ISR a un 20%. Algunos problemas: si se
congelan los precios no habrá inversión en el sector pero sí gasolinazo adelante; las
refinerías cuestan aproximadamente 8 mil millones de dólares cada una y se tardan
alrededor de 8 años en construir; se antoja inviable aumentar de la noche a la mañana
al doble el salario mínimo, y el país tiene una de las tasas de recaudación más bajas de
la OCDE y Latinoamérica. A eso agreguemos la propuesta de no aumentar la deuda e
impuestos, y que parte del dinero provendrá del combate a la corrupción -a pesar de
tener una visión sumamente personalista y poco institucional- y los dulces están
tremendamente azucarados. Por ello, el nuevo asesor económico de AMLO, el
respetado economista Gerardo Esquivel, recién comenzó su trabajo haciendo toda
una serie de aclaraciones: lo que el candidato quiso decir.

La pobreza es el ingrediente principal de los dulces del clientelismo político y las
propuestas públicas caprichosas. El hartazgo y la mayor consciencia ciudadana han
provocado que los mexicanos ya no coman del todo el primer dulce, pero
paradójicamente es lo que ocasiona que degustemos el segundo. La personalidad del
candidato y el partido que lo postula son muy importantes, pero sobre todo, las
propuestas. Las propuestas.

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