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GobBC2013-2019


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Las elecciones presidenciales de 2018 son distintas, porque el humor del país es
distinto.

Los comicios del año 2000 se definieron por sacar al PRI de Los Pinos y la
alternancia política, las de 2006 por el debate derecha-izquierda en sus figuras más
representativas, las de 2012 por una segunda oportunidad al PRI y la normalidad
democrática. Pero las de 2018 serán definidas por el hartazgo y el nacionalismo, el
ensimismamiento de los mexicanos con la mexicanidad, una especie de regreso al
origen.Durante el S.

XIX la mirada mexicana estaba esencialmente enfocada al interior del
país, tratando de construir un Estado y teniendo contacto con el extranjero en la
forma del rechazo a las invasiones extranjeras. Los posteriores años de paz porfirista
trajeron consigo una necesaria apertura en una variedad de formas, incluyendo la
famosa “occidentalización” de las élites mexicanas. El gran problema de Porfirio Díaz
fue no haber creado un partido político para darle continuidad al gobierno (se lo
advirtieron Justo Sierra y José Ives Limantour), y haber sido incapaz de combatir la
corrupción, la pobreza, la desigualdad. La Revolución estalló, trayendo consigo un
ensimismamiento mexicano, un regreso a la intimidad mexicana, aunque fuese
sumamente violento. Mucha sangre, pero nuestra.La pacificación del país y la instauración del régimen autoritario trajo consigo una
nueva época de progreso material. Sin embargo, la oxidación del modelo del
nacionalismo revolucionario, reflejado en las crisis de los setentas y ochentas, trajeron
nuevamente la idea de apertura, aunque mal planeada, sin Estado: el neoliberalismo.
Su espíritu lo podemos resumir en el sexenio de Carlos Salinas de Gortari y una frase
que recientemente utilizó una importante revista de circulación nacional: el “sexenio
que llegaríamos al primer mundo”. Al igual que con Porfirio Díaz, los esfuerzos para
abatir la corrupción, la pobreza y la desigualdad fueron insuficientes o, de plano,nulos. Ya no hubo una Revolución, pero si un pequeño levantamiento armado con el
Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN), así como la alternancia en el poder
en el año 2000.Desde principios de la década de los noventas y hasta hoy en día, no ha habido
avances en el combate a la pobreza, la desigualdad ha aumentado, y la corrupción es
terriblemente ofensiva; y por si no fuera poco, desde el exterior tenemos los insultos y
las amenazas de Trump. Si en el pasado la apertura mal planeada, aunada al
enamoramiento malinchista de las élites mexicanas con el extranjero y a los mínimos
avances sociales trajeron un ensimismamiento de México, puede ser que nuevamente
estemos ante ese escenario, porque la mesa está muy puesta. Y al que mejor le queda
la silla para sentarse es a Andrés Manuel López Obrador. A los mexicanos del 2018 les
importa un bledo si Ricardo Anaya habla inglés y francés, o si está enamorado de la
tecnología; si Meade fue arropado por el periódico británico The Financial Times, o si
el diario The Economist no apoya a AMLO. La gente quiere que le hablen en español,
sobre la pobreza y la desigualdad, sobre el combate a aquéllos que se han acaparado
del país, y por qué no, todo con sanas dosis de nacionalismo. El atractivo de Andrés
Manuel López Obrador no son sus propuestas, sino el hartazgo bien expresado y la
parte del “nacionalismo” del nacionalismo revolucionario.El ensimismamiento que ha tenido el país anteriormente han representado etapas de
reflexión y corrección; todos lo necesitamos de vez en cuando (individuos y países). El
problema está en quién lo dirige. Mientras tanto, Luiz Inácio Lula da Silva, un
presidente sumamente popular, está en la cárcel por corrupción; Carlos Salinas de
Gortari cumplió 70 años, es sumamente impopular, y una considerable parte de las
élites mexicanas le rindieron sutil pleitesía.

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