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Plaza Cívica

La corrupción en México es un problema nacional. En tiempos electorales, esto queda claro con la elaboración de las listas plurinominales; ningún partido político se salva de haber postulado perfiles con cola, o mucha cola, que le pisen. Sin embargo, el que sale más mal librado es el Partido Revolucionario Institucional (PRI) por dos razones básicas: su estructura corporativista y la vulneración a los órganos constitucionales autónomos.

 

El Partido Revolucionario Institucional (PRI) ha sido incapaz de modernizarse. El partido que dirigió los destinos del país durante gran parte del siglo XX es, por lo tanto, el que más arrastra los vicios del autoritarismo y la corrupción de aquéllos años. El “nuevo PRI” resultó ser una nueva cara con una misma alma. Específicamente, su corporativismo, por medio del cual cooptó a diversas organizaciones sociales integrándolas al partido a cambio de poder político, pudo haber sido necesario en el pasado, pero ya no en el presente. Los llamados tres sectores del PRI (CTM, CNC, CNOP) han lastimado tanto la vida sindical como la partidista. En el primer caso, los sindicatos se han subordinado a los intereses de un partido político, a pesar de la caída del ingreso, el aumento de la pobreza y el incremento de la desigualdad. No hay protestas sindicales, porque algunos de sus principales liderazgos habrán de recibir su recompensa a través de las listas plurinominales del partido. Ahí se encuentra Manuel Limón Hernández, líder petrolero involucrado en el desvío de 500 millones de pesos a la campaña de Francisco Labastida, o Ismael Hernández Deras, líder de la CNC y ex-gobernador de Durango con serios señalamientos de enriquecimiento ilícito que, francamente, tiene de campesino lo que yo tengo de filipino: nada. Por otra parte, la inclusión de esos liderazgos ha lastimado al priismo al incluir en sus candidaturas a tales muñecas para no perder el voto corporativo, aunque pierda el voto ciudadano. Vale la pena recordar que en ninguna democracia moderna los partidos políticos tienen estructuras corporativistas. Existen simpatías de parte de sindicatos o grupos empresariales, pero no forman parte de manera formal de un determinado partido político. A veces juntos, pero nunca revueltos.

Lo anterior no es nuevo, sino la conocida historia del priismo que perdura en ropajes de zombie. Pero lo que sí es nuevo es el descaro de incluir a Ximena Puente de la Mora, ex-presidenta comisionada del Instituto Nacional de Transparencia, Acceso a la Información y Protección de Datos Personales (INAI), en un muy destacado número seis en las listas plurinominales tricolores. Uno de los logros del actual sexenio es la reforma en materia de transparencia, siendo uno de sus puntos medulares la autonomía constitucional del órgano garante. Sin embargo, siempre existió la suspicacia de un caballo de Troya en la reforma, en cuyo interior se encontraba… Ximena Puente de la Mora. Pues así fue: su historial de votación al interior del INAI es oscuro, al estar en contra de la apertura de las bitácoras de vuelo del Presidente o de dar a conocer la compra con sobreprecio de la planta chatarra Agro Nitrogenado de PEMEX. Hablando de malos hábitos que mueren duro (PRI), y la completa falta de honorabilidad (Ximena Puente).

Los deseos y aspiraciones de la sociedad mexicana están en el futuro, y las maneras y decisiones del Partido Revolucionario Institucional (PRI) siguen en el pasado. El problema no son los sindicatos, ni los plurinominales, ni los órganos autónomos: el país necesita sindicatos independientes y celosos de los intereses de los trabajadores, necesita congresistas preparados que puedan ingresar al poder y servir por la vía plurinominal, y necesita órganos técnicos y autónomos del poder político. Pero el PRI no lo ha entendido, y por eso, viene la mayor catástrofe electoral de su historia.

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