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Plaza Cívica

Es el tiempo de los candidatos antisistema. Ya sea por estancamiento económico, crecientes desigualdades o descontroladas inmigraciones, el enojo en muchos países está siendo canalizado a través del voto por candidatos que están dispuestos a romper las reglas políticas. Ésa es la película que vemos en Occidente, y ésa es la película que se está desarrollando en México. Y lo anterior puede ser muy perjudicial, o muy constructivo.

“Sistema”, definido por la Real Academia Española como “conjunto de reglas o principios sobre una materia racionalmente enlazados entre sí”. El sistema político mexicano aún tiene reglas y principios dañinos (la politización del aparato de persecución criminal como regla, el pacto de impunidad como principio, por ejemplo), cuya racionalidad ha sido inclinarse hacia los ricos y poderosos.

La democracia prometió un cambio tangible desde el año 2000, y vaya descontento. Sin duda existen avances importantes, pero queda claro que si aún tenemos los mismos niveles de pobreza y desigualdad, con el incremento en inseguridad y corrupción, entonces el sistema es básicamente el mismo. Y si le agregamos una presente administración federal con sus raíces en Atlacomulco… pues ahora sí, es tiempo de candidatos antisistema. José Antonio Meade Kuribreña es claramente el candidato del sistema, y Andrés Manuel López Obrador y Ricardo Anaya Cortés son los candidatos antisistema. Sin embargo, proponen romper distintas reglas y principios, y ahí es donde está el quid del asunto.

Andrés Manuel López Obrador es el candidato antisistema por antonomasia: dice no tener cuentas bancarias, propone políticas que van en contra de lo ya sanamente establecido a nivel mundial (quiere que seamos autosuficientes en materia alimentaria, y desaparecer el CISEN, por ejemplo) y desea someter a referéndum las reformas estructurales. En 2006 rompe con el ex-presidente Fox al utilizar éste las instituciones del Estado para perseguirlo políticamente, y rehúsa todo tipo de alianzas para llegar a la Presidencia (inclusive rechaza al Partido Socialdemócrata y su respetada candidata Patricia Mercado, con lo cual hubiera ganado la elección). Después de 12 años de aquél episodio y justo cuando el sistema político mexicano probablemente está en el apogeo de su corrupción, AMLO analiza ofrecer amnistía a líderes del narcotráfico y a quienes hayan cometido delitos de corrupción, y solo recientemente se pronunció por la autonomía de la Fiscalía, tibiamente. Quiere correctamente reformar la Constitución para hacer más viable el enjuiciamiento del Presidente, aunque defiende sutilmente a EPN y le hace un guiño.

Ricardo Anaya Cortés tuvo la insensibilidad de realizar una transacción inmobiliaria por 52 millones de pesos en un país que, con fundadas razones, sospecha de los ricos, y más aún de los políticos ricos; la manía panista de ser político y empresario. La historia vivida por AMLO en 2006 se repite con un panista en 2018; llamémosle karma político. Pero a diferencia de AMLO en aquéllos días, Anaya rompe de manera más constructiva: no llama chachalaca al Presidente, sino se pronuncia por la autonomía de la Fiscalía, y declara su intención de investigar al jefe del Ejecutivo con la ayuda de organismos internacionales (aunque no habla de las pasadas administraciones panistas). Es decir, rompe claramente y por primera vez, el pacto de impunidad a nivel federal.

“El descontento es el primer paso en el progreso de un individuo o una nación” decía Ralph Waldo Emerson. Agregaría que también puede ser el primer paso en dirección al precipicio. AMLO y Ricardo Anaya son ambos candidatos antisistema: el primero más por sus políticas económicas y oposición a las reformas estructurales, el segundo más por el tema específico del combate a la corrupción. Los candidatos antisistema no necesariamente deben de ser nocivos, pero para ello, hay que ver qué reglas son las que quieren romper, y cuáles quieren que permanezcan.

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