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El país no tiene tiempo para la “República amorosa” lopezobradorista. El país no debe
de tener tiempo para ocurrencias, sino para diagnósticos serios sobre los problemas
que nos afectan y planteamientos aún más serios sobre sus soluciones. Nuestros
problemas nacionales no derivan fundamentalmente de una “crisis de valores” sino
son producto de nuestra historia, de contextos políticos específicos, de decisiones
políticas mal tomadas. Y ahí es donde debe estar el enfoque de la sociedad mexicana, y
la orientación de nuestro próximo Presidente.

 

Muchos de los modernos partidos políticos tienen en parte su inspiración en valores
religiosos secularizados. Por ejemplo, el Partido Acción Nacional (PAN) y la Unión
Demócrata-Cristiana alemana (CDU) forman parte de una agrupación denominada
“Internacional Demócrata de Centro”, cuyos miembros son partidos de corte
democratacristianos/socialcristianos. Sin embargo, una cosa es ésa y otra que quien
aspira a dirigir el país quiera realizar una “Constitución moral” diciendo en un
discurso público de toma de protesta como candidato presidencial que “Cristo es
amor” y que hay que conseguir “el bienestar del alma”. El problema con López
Obrador se encuentra en ver los problemas nacionales a través del lente de la religión,
usando un lenguaje religioso en sus discursos y aliándose con un partido confesional
en la figura del Partido Encuentro Social (PES). La personalidad de AMLO tiene más en
común con la del ex-presidente estadounidense George W. Bush que con algunas
figuras pasadas del panismo o con Angela Merkel. Al igual que el ex-presidente
estadounidense, López Obrador tiene serias dosis de ignorancia y está muy influido
por pastores protestantes, lo que representa una combinación fatal. Por ello y como el
ex-presidente estadounidense, ve la política en términos de blanco y negro, una lucha
del bien contra el mal. Mientras que Bush aplicó su visión bipolar con el mundo, López
Obrador lo hace al interior de México.

Un conocido intelectual estadounidense, Robert D. Kaplan, escribió un pequeño libro
con un gran título: “Política Guerrera: por qué el liderazgo demanda una ética pagana”.
En él el autor nos comenta que no hay algo nuevo en las luchas políticas del presente,
tanto así que el mundo contemporáneo sería fácilmente reconocido por los antiguos.
En diversos capítulos nos demuestra algunas de las más importantes lecciones que
tiene que ofrecernos la historia humana, titulándose uno de ellos “La Virtud de
Maquiavelo”, donde resultan muy reveladoras cuatro citas. Nos comienza diciendo
que “…Maquiavelo creía que debido a que el cristianismo glorificaba a los mansos,
permitía que el mundo fuera dominado por los malvados: prefería una ética pagana
que elevaba la auto-preservación sobre la ética cristiana del sacrificio, que él
consideraba hipócrita…”. Más adelante nos dice que “…para Maquiavelo, una política
no se define por su excelencia sino por su resultado: si no es efectiva, no puede ser
virtuosa”. Nos comenta que el gran pensador Isaiah Berlin dijo que “…los valores de
Maquiavelo no son cristianos, pero son valores morales - los valores de Pericles y
Aristóteles de la antigua polis; los valores que aseguran una comunidad política
estable”. En resumen: “La virtud pagana de Maquiavelo es virtud pública, mientras
que la virtud judeo-cristiana es más a menudo virtud privada”.

López Obrador nos habla de perdonar a criminales y corruptos; ha “perdonado” a
incontables figuras que han violentado la vida pública una vez pasan a su templo
llamado MORENA; ha ignorado y rechazado los procesos de construcción institucional
para combatir la corrupción en el país; confunde la justicia institucional con la
venganza personal. George W. Bush hizo un pésimo papel como Presidente de Estados
Unidos, y López Obrador tiene una idiosincrasia muy parecida, con el agregado de
fuertes dosis de populismo trumpiano. Una mezcla muy nociva que no augura nada
bueno.

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