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Las palabras pintan a las personas, porque a través de ellas nuestra mente
habla. Por ello, los discursos políticos son sumamente importantes, porque
reflejan la personalidad, las ideas y aspiraciones de quien los pronuncia. El
pasado domingo 18 de febrero tomaron protesta como candidatos los tres
aspirantes presidenciales con tres discursos muy distintos, lo que
probablemente dará al electorado tres propuestas distinguibles.Sigamos el orden de las preferencias electorales, de mayor a menor, y empecemos con.


Andrés Manuel López Obrador (AMLO). Un discurso de media hora, pronunciado en el
Hotel Hilton de la Alameda Central y con un público relativamente chico, consistió en
un larguísimo catálogo de propuestas sumamente generales en una diversidad de
temas, tanto así que me recordó a un niño de ocho años escribiéndole una carta a
Santa Claus. Discurso con una estructura sumamente simple, comenzó con la
arenga tradicional: no mentiré, no robaré, y no traicionaré al pueblo (lo que sea que
eso signifique). Acto seguido, la larga letanía: venderé el avión presidencial, los
servidores públicos no usarán helicópteros ni aviones, recortaré a la mitad el sueldo
de altos funcionarios públicos (mucha suerte combate a la corrupción), no viviré en
Los Pinos, desapareceré el CISEN, no habrá tortura, se producirá en México lo que
consumimos (bienvenido siglo XIX), etc. Aplausos entre cada propuesta al estilo
zombi. Si quieres conocer la propuesta lopezobradorista, ahí está, en solo 30
minutos. Calificación: simplismo.Ricardo Anaya Cortés pronunció un discurso de casi una hora, en el Auditorio
Nacional y con un público más grande. Bien estructurado y pensado, comenzó con
algunas historias personales, habló de la importancia que las figuras femeninas han
tenido en su vida, comentó que la corrupción, inseguridad y desigualdad son los tres
principales problemas del país, y después habló sobre cada uno de ellos (aunque nomencionó el Sistema Nacional Anticorrupción). Posteriormente hizo una interesante
presentación sobre los avances de la tecnología, la necesidad de que México forme
parte de ellos, y el importante papel que juega la educación. En diversas ocasiones
contrastó las propuestas de AMLO con las tendencias del futuro. Una mezcla de
discurso con conferencia, con citas de personajes históricos, algunas dosis de humor y
un cierre fuerte aunque insuficiente, diría que vale la pena verlo. Calificación:
inteligente.Por último, el candidato con la pesada loza partidista de la inseguridad y corrupción,
José Antonio Meade Kuribreña. Un discurso de alrededor de cuarenta minutos,
pronunciado en el Foro Sol y con el más grande de los públicos. Si deseas sentir las
campañas presidenciales priistas del siglo XX, no es necesario viajar en el tiempo,
porque las tienes en pleno S. XXI: las largas mantas de las estructuras corporativistas
que se niegan a morir (“CROC presente”); la toma de protesta que hace Enrique Ochoa
al candidato diciéndole que si jura estar “apegado a los principios de la Revolución…”;
un tipo invisible gritando antes, durante, y después del discurso con el fin de
entusiasmar a los acarreados y con un timbre de voz sumamente irritante. Un evento
celebrado con un candidato sonriente, asistentes apagados, y en medio de una
población enojada. En éste discurso, no hay ni ideas, ni emoción, y solo tres mini-
menciones de la palabra “corrupción”. Calificación: desalmado.Andrés Manuel López Obrador con muchas propuestas, muy generales, muy del
pasado. Ricardo Anaya Cortés con diversas propuestas, algo generales, y ubicado en el
futuro. José Antonio Meade Kuribreña con nulas propuestas, cortejando el voto
corporativista. Éstos discursos eran de toma de protesta, dirigidos a las bases
partidistas, y no podían ser sumamente específicos. Vienen 90 días de campaña, y
muchos discursos. Después del domingo, no hay pretexto ante la penuria de ideas
específicas y la escasez de carácter, porque México y nuestra democracia necesita de
ambas.

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