fiestas de octubre

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Los problemas del país son variados y complejos. Sin embargo, en ocasiones encontramos microcosmos que explican de manera sencilla parte de nuestro complicado rompecabezas, que manifiestan a escala reducida algunos de nuestros desafíos. Y un microcosmos de éstos lo podemos ver en el clásico puesto callejero de tacos mexicano.

El paisaje nacional se compone en parte de una infinidad de puestos ambulantes de comida. Una escena nacional normalizada, producto del aún sub-desarrollo mexicano, y a la cual todos nos hemos acostumbrado. Pero ese paisaje nacional es la punta del iceberg de una realidad mucho más compleja, la consecuencia natural de muchos de los problemas que tenemos como país. Comencemos.

 

La falta de una educación de calidad nos ha llevado a producir fábricas de taqueros. No hemos sido capaces de desarrollar ciudadanos con especialidades que los lleven a desempeñar trabajos técnicos, de alto valor agregado y bien pagados. No hemos aún implementado la vinculación efectiva entre universidades-escuelas técnicas y empresas. Por ello, la reforma educativa es el más grande logro del actual gobierno federal: rectifica la parte laboral de los docentes, los planes educativos, y la vinculación del conocimiento con el mercado laboral. Los mexicanos debemos de tener la oportunidad de escoger nuestro destino, y no vernos forzados a elegir únicamente entre tortero y taquero.

La pululación de puestos ambulantes de comida son también producto de la corrupción. Están ahí porque hay autoridades que están siendo sobornadas para no aplicar la ley, desde policías, pasando por aquéllas administrativas, hasta políticas; hablando de las famosas “redes de corrupción”. Pero también imposible removerlos porque sería equivalente a quitarles el pan de la boca a millones de mexicanos.

Asimismo, el ambulantaje taquero y de todo giro representa un serio problema de clientelismo político. Los chefs callejeros mexicanos no son sus propios jefes; uno de los grandes poderes fácticos en la Ciudad de México son precisamente las organizaciones de ambulantes, con liderazgos que las manejan con puño de hierro. El 40% de la economía de la capital del país se compone de comercio informal, y 4.1 millones de personas trabajan en él, todos “sindicalizados” y pagando “impuestos”, pero a sus amos. E inclusive, algunos de estos liderazgos han sido legisladores.

Sabemos que los salarios no hacen más que disminuir en el país. Un reciente estudio de la UNAM indica que en los últimos 25 años el salario mínimo perdió el 76% de su poder adquisitivo (no alcanza ni para comprar la canasta básica), el salario promedio está en alrededor de 4 mil pesos mensuales según INEGI, y la Organización Internacional del Trabajo (OIT) en un reciente informe comentó que de 2005 a 2015 México tuvo la peor evolución salarial en América Latina, y fue uno de tres países donde el salario tuvo una contracción (los otros dos son Honduras y El Salvador). No hay razón que justifique lo anterior, pero mientras tanto, hay que comer en la calle, tacos baratos, diario.

Para cerrar con broche de oro, la obesidad. Según la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO), México es el tercer país más obeso de Latinoamérica con el 64% de nuestros adultos en esa condición, y entre las naciones pertenecientes a la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), tenemos el trofeo del primer lugar, por encima de la clásica obesidad gringa. Solo basta pasar por los puestos de comida para oler el siempre presente aceite quemado, y asomarte para observar la calidad de los alimentos.

Problemas de educación, corrupción, clientelismo político, precarización del salario y obesidad se encuentran en la raíz del paisaje taquero mexicano. Y no me malinterpreten: me encantan los tacos. Pero mientras tengamos tantos y tantos puestos de comida en la calle, quiere decir que algo está muy mal con el país.

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