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Plaza Cívica

El caciquismo subsiste en México. Después de casi un siglo de haber sido pronunciadas las famosas palabras de Plutarco Elías Calles sobre la importancia de terminar con los reinados de hombres para pasar a los reinados de instituciones, no hemos podido erradicar del todo el semi-absolutismo corruptor de las personas fuertes y las familias poderosas. Y ahora que se aproximan las elecciones en 2018, la obviedad se vuelve más obvia.

 

En todos los países del mundo existen individuos, y familias, poderosas. Pero la gran diferencia entre aquéllas del mundo desarrollado y aquéllas del mundo sub-desarrollado es que en los primeros son efectivamente individuos y familias, mientras que en los segundos son caciques. “Cacique”, definido por la Real Academia Española (RAE) como: “persona que en una colectividad o grupo ejerce un poder abusivo”, o “persona que en un pueblo o comarca ejerce excesiva influencia en asuntos políticos”. En el mundo desarrollado, la regla es que los poderosos hayan obtenido por medios legítimos su riqueza y poder; existen instituciones fuertes que limitan lo que el politólogo estadounidense Francis Fukuyama ha denominado “la tiranía de los primos”, familias que hacen lo que sea por sus miembros, y nada por los demás; los niveles de pobreza y desigualdad son sumamente bajos o inexistentes; y hay igualdad de oportunidades, reflejándose en una escalera social que efectivamente es transitada. En el mundo sub-desarrollado, la realidad es a la inversa: los poderosos tienden a obtener su riqueza de manera un tanto chueca, o muy chueca (y por eso la sospecha social de todos aquéllos que tienen dinero); las instituciones son débiles, muchas veces creadas por los poderosos para que las reglas de juego los favorezcan (pensemos en las concesiones otorgadas a Carlos Slim mientras se limitaba la competencia); los niveles de pobreza y desigualdad son altos, muy altos; no hay igualdad de oportunidades, y la escalera social no existe: si naces pobre, serás pobre toda tu vida, y si naces rico, no te preocupes.

No es raro que en el norte del país -y a diferencia del sur- haya menos caciquismos, debido a que existe menos pobreza y más igualdad, traduciéndose finalmente en mayor cohesión social. Y si me preguntan a mí, existe mayor orgullo de ser mexicano, porque el orgullo se sustenta en algo, y en tierras del norte mexicano efectivamente se puede sustentar mejor por las razones anteriores. Caso contrario es lo que vemos hoy, por ejemplo, en Veracruz. En 2016 hubo elecciones para gobernador, donde el candidato por la alianza PAN-PRD fue Miguel Ángel Yunes Linares, y el candidato por la alianza PRI-PVEM fue Héctor Yunes Landa, ambos primos hermanos. Miguel Ángel Yunes, quien resultó ganador y es conocido por su corrupción, tiene dos hijos: Miguel Ángel Yunes Márquez, quien acaba de terminar su mandato como alcalde de Boca de Río y se registró como precandidato a la gubernatura por la alianza PAN-PRD-MC, y Fernando Yunes Márquez, quien era senador y recién tomó protesta como alcalde de Veracruz. A la mamá recientemente le preguntaron si le gustaría tener un hijo gobernador, a lo que respondió: “claro que lo voy a tener, voy a tener un hijo gobernador también, dos hijos gobernadores”. Como en una monarquía. La voracidad.

De la misma manera que los liderazgos carismático-populistas no construyen instituciones porque éstas terminarían por socavar su carisma, de la misma manera los clanes caciquiles no construyen instituciones porque éstas terminarían por desnudar sus vicios y los destruirían. Y por eso, tenemos que construir instituciones para destruirlos, y hacer realidad las palabras pronunciadas por Plutarco Elías Calles: “…orientar definitivamente la política del país por rumbos de una verdadera vida institucional, procurando pasar, de una vez por todas, de la condición histórica de ‘país de un hombre’ a la de ‘nación de instituciones y leyes’”.

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