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Fernando Núñez de la Garza Evia

Plaza Cívica
Estados Unidos es el coloso mundial, y por ello muchos países del mundo lo han estudiado, le han aprendido, y hasta lo han admirado; México no es la excepción. Sin embargo, debido a la mala situación por la que está pasando nuestro vecino del norte, resulta nuevamente importante y prudente aprender de Estados Unidos... pero de lo que no debemos de hacer y los caminos que no debemos de tomar.

La llegada de Donald Trump al poder es la manifestación de la corrosión que sufre Estados Unidos en su interior, una corrosión que tiene ya algunos años de gestación. Aunque la explicación del deterioro estadounidense y el ascenso de Trump es un tanto compleja, existen tres razones -dos políticas y una social- que nos esclarecen en parte lo que vemos hoy en día en Estados Unidos, y que debemos de evitar en México.

Primeramente, la entrada masiva de dinero privado al ámbito público, especialmente a los partidos políticos y las campañas electorales. Dos recientes decisiones de la Suprema Corte estadounidense han empeorado éste fenómeno: en 2010 canceló los límites que existían para que empresas y sindicatos donaran dinero, y en 2014 canceló igualmente los límites establecidos para que individuos donaran dinero. Como dijo un ministro que se opuso a tales decisiones: "Si la corte en Citizens United (aquella de 2010) abrió la puerta, la decisión de hoy (la de 2014) abre una compuerta". Los candidatos, legisladores, y las políticas que proponen son en gran medida las propuestas de los grandes contribuyentes. Y, ¿cuál fue una línea discursiva fundamental de Trump durante su candidatura? "Yo financio mi propia campaña". Por eso, la propuesta de los partidos políticos en México de terminar con el financiamiento público es una locura.

En segundo lugar, la pérdida de poder de los líderes de los partidos y de las bancadas en el Congreso estadounidense. Tres son las razones que lo explican: el dinero para las campañas puede ser recaudado por los legisladores de manera individual; los liderazgos no pueden ejercer la amenaza de expulsión del partido porque es muy fácil entrar a ellos; y la postulación a un cargo legislativo sucede vía elecciones primarias -donde todo ciudadano puede votar- y no vía elecciones al interior del partido. Esto ha traído un aumento en la indisciplina partidista y una parálisis legislativa, ya que ha hecho imposible que los partidos políticos tomen posturas claras, impulsen agendas legislativas concretas, se observen sus consecuencias, y el electorado premie o castigue; el Congreso se ha convertido en parte en una guerra de todos contra todos. Por eso, cuidado con la moda en México de demonizar a los presidentes de los partidos y los líderes de las bancadas, y con ese pretexto quitarles todo el poder.

Por último, la excesiva inmigración a Estados Unidos ha traído la pérdida de la identidad nacional, con la subsiguiente fragmentación social, falta de cohesión social, y finalmente el fraccionamiento de la política basada en las muchas identidades. México se comienza a convertir en un país receptor de migrantes, y el Instituto Nacional de Migración (INM) tiene serios problemas de falta de profesionalización y corrupción en su interior.

Afortunadamente, nuestro país -como las democracias europeas- aún tiene como medio principal de financiamiento electoral el dinero público, los líderes de partido y parlamentarios aún tienen cierto control sobre sus bancadas, y no hay probabilidad de una inmigración masiva. Claro, es correcto que se permita la entrada de dinero privado de militantes, que la reelección y candidaturas independientes hayan aflojado el poder de las cúpulas partidistas, y que otorguemos refugio, especialmente a nuestros parientes centroamericanos. Pero cuidado con los extremos: ahí está el caso estadounidense, y más vale tomar nota. Ellos ya tienen a su demagogo en el poder, y nosotros no querríamos tener el nuestro.

www.plaza-civica.com @FernandoNGE

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