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PLAZA CÍVICA

POR Fernando Núñez de la Garza Evia

Cuando la intranquilidad y desasosiego se apoderan de una persona o país, la reacción natural es buscar ejemplos que nos hagan albergar esperanza e indiquen posibilidad de mejora. Los terremotos políticos que suceden en México y Occidente, así como la resurrección de los nacionalismos populistas, nos obligan a sustraer lecciones del pasado y presente, específicamente de un país considerado por muchos como único: Japón.

El pueblo nipón vivió durante siglos aislado, y fue hasta la segunda mitad del S. XIX que decidió abrirse para emprender una rápida modernización ante las constantes humillaciones sufridas por una China atrasada en manos de un Occidente avanzado. En una tierra con estrictos códigos de honor reflejados en el Bushido, primero muertos que humillados (y vaya lo han demostrado así). El nacionalismo japonés fue causa de su modernización, y el nacionalismo japonés fue causa de la hecatombe que significaron sus guerras de agresión culminadas con el fin de la Segunda Guerra Mundial.

Como toda persona disciplinada e inteligente que aprende de sus experiencias, desde 1945 Japón se ha convertido, literalmente, en una isla de paz, progreso y estabilidad. Adoptó la democracia liberal occidental, y es hoy en día uno de los más firmes aliados estadounidenses y de Occidente. Sin embargo, durante estas décadas el pueblo nipón no ha caído en extremos liberales como Occidente, específicamente en sus vertientes de desigualdad económica y multiculturalismo. Japón ha sido presionado por Estados Unidos para abrirse a la inmigración ante una población que envejece y conflictos bélicos que expulsan a millones... pero ha resistido. Entre el sufrimiento humano y un legítimo deseo de preservar su identidad nacional -y con ello, su cohesión social-, su solución ha sido una que podríamos calificar de "justo medio": es uno de los mayores donantes internacionales (tercero en 2016 para refugiados, según ACNUR), pero uno que menos admite refugiados (en 2015 rechazó el 99% de pedidos de asilo). Y si la economía es razón para abrir indiscriminadamente las puertas nacionales, estudios del académico de Harvard George Borjas, así como reportes recientes de la revista liberal The Economist, indican lo frágil de la teoría e, inclusive, sus falacias.

El caso contra la inmigración masiva se encuentra sustentado en la historia. Como lo señala el historiador británico Ian Morris, la inmigración masiva es uno de los "jinetes del apocalipsis" que, junto con otros fenómenos (cambio climático, por ejemplo) han desestabilizado sociedades enteras ante la imposibilidad de absorción (¿suena familiar?). Estados Unidos no desarrolló un Estado social como Europa ante la falta de cohesión social producto de un multiculturalismo segregado en guetos, donde una población blanca adinerada no ha sentido la solidaridad necesaria con sus minorías siempre discriminadas y en clara desventaja histórica. Y hoy en día, en Europa se empiezan a poner en duda la existencia y resistencia de esas mismas redes ante la creciente fragmentación social producto de la inmigración. Todo finalmente ha acabado en inestabilidad política, mucha inestabilidad política.

A pesar de sus crisis económicas, Japón no ha tenido partidos extremos, guetos urbanos, desigualdad social y rompimiento de su Estado de bienestar porque ha evitado el multiculturalismo en su interior. Para mantener Estados estables y cohesionados, no basta una sociedad, sino es necesaria una comunidad: no bastan simples individuos que compartan una misma hoja de nacimiento y territorio, sino se necesitan individuos que compartan un mismo origen, una misma historia, unas mismas costumbres. No basta un Estado, sino es necesario un Estado-nación en toda su profundidad. Utopías al lado, esas son las advertencias de la historia internacional y nacional, y esas son las lecciones para un país joven como México.

www.plaza-civica.com @FernandoNGE

Modificado por última vez en Jueves, 11 Mayo 2017
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